martes, 15 de septiembre de 2009
La influenza AH1N1 durante el renacimiento
“La influencia de la influenza de Héctor Sprim”
10, 9, 8, 7, 6, 5… Cinco segundos los separan de cambiar la historia. Y pensar que todo comenzó con la obsesión que tuvo desde pequeño Héctor Sprim, todos esos años de estudio sobre aquella época se vieron recompensados el día de su cumpleaños número 34, cuando su hermano en secreto le dio la oportunidad de subir a su proyecto más reciente.
-Te doy el chance de subir a mi máquina del tiempo, en la cual he trabajado los últimos 10 años, según yo funciona, mas si sucede algo no es mi culpa.
-¿Y… puedo ir a cualquier época?
- A la que quieras.
Héctor no aguantó las ganas de contarle a alguien lo que estaba por suceder, y llamó a su mejor amigo, Amador, al cual no veía hace días, pues se había contagiado de una nueva enfermedad y había tenido que aislarse. Luego de la llamada, Héctor fue a ordenar sus maletas, libros y apuntes, pero su hermano le advirtió que no debía llevar nada que alterara el sentido de la historia, así pasó una hora y llegó Amador, a decir adiós y grabar la partida, para que Héctor en su retorno no se perdiera de ningún detalle.
Héctor subió a la máquina, con un pequeño bolso al hombro, su hermano digitalizó el siglo XV, Italia, Renacimiento. Y entre vitoreos de Amador comenzó la cuenta regresiva…
-10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1…
-¡Achuuuu!
Amador estornudó en la cara de Héctor una milésima de segundos antes de que éste se marchara.
Durante el “viaje” Héctor no se alimentó, se encontraba en un trance atemporal, el cual estaba causando estragos en su ser. Sus fuerzas comenzaban a agotarse, haciéndole frente a diversos momentos de la historia universal nunca antes nombrados. Finalmente llegó a Italia, un dolor insoportable le hacía perder el equilibrio y la fiebre, solo lograba empeorar su situación. Decide comprar un remedio en alguna farmacia cercana.
- No puedo ser más ridículo, esperando encontrar un paracetamol en el siglo XV…
Mientras meditaba esa obviedad tropezó con alguien, alguien a quien Héctor admiraba por sobre todas las cosas, uno de sus humanistas favoritos, la representación de hombre ideal, y así se encontró inminentemente cayendo sobre él.
Al levantarse, Héctor, luego de unos segundos de shock, pudo apreciar bajo el brazo del desconocido un juego de lápices y un cuaderno de dibujo, una ojeada rápida a su rostro, sus ojos observadores y su barba abundante y el estupor fue aún mayor…se encontraba frente al mismísimo Leonardo Da Vinci. Héctor al borde del éxtasis y del agotamiento total cae desmayado.
Horas más tarde se despierta en un cuarto no muy acogedor, ni de su estilo, con una actitud un poco desgastada mira a su alrededor y logra ver sobre una pequeña mesa algunos platos con comida servida. No lo piensa dos veces y se dirige al esperado alimento.
- ¿Cómo se siente?
- Mejor, gracias. Disculpe mi forma de presentarme, viajé mucho tiempo para venir a conocer algunos pintores de Florencia. Mi nombre es Héctor Sprim.
- Cabe decir que su forma de comunicarse es un tanto difícil de comprender, su venida desde un lejano lugar podría explicarlo. Leonardo, a su servicio. Siéntase bienvenido en mi hogar.
- Ehm… se lo agradezco. Volveré a recostarme, el cansancio todavía me supera.
Al despertarse el día siguiente nota que Leonardo no se encuentra en la casa. Un poco más consciente recuerda que su hermano le había guardado un par de vacunas y pastillas para casos de emergencia, se aplica una inyección y comienza instantáneamente a sentirse mejor. Al llegar la tarde Leonardo regresa, pero no solo, su famosa obra lo acompaña. “La Gioconda”, pensó. En ese momento se dio cuenta del poder que podría recaer en sus manos en el caso de que se diera la oportunidad de preguntarle al artista la procedencia del cuadro, pero…sus emociones pudieron más que la razón y decidió finalmente guardarse ese misterio.
Los días transcurrían y Héctor se sentía cada vez mejor, veía a Da Vinci continuar cada día en su pintura, sus ánimos continuaban, aunque en él comenzaban a notarse los inicios de una enfermedad. Mientras Leonardo pintaba, él notaba que el sudor resbalar por su frente y sentía su respiración agitarse. Pronto todo tomó forma en su mente y recordó con claridad los síntomas del virus que presentaba su mejor amigo, la influenza A (H1N1). Atemorizado por el hecho de cambiar la historia, no suministró al ícono renacentista la conveniente cura, lo observaba día a día haciéndole frente a los malestares. Finalmente sucumbió ante la gripe, no sin antes haber sido visitado por una serie de amigos que en el momento preciso de su muerte estaban repartiendo dichosa influenza por toda Italia.
Héctor desolado observa la Mona Lisa inconclusa, en un acto completamente irracional, nuevamente, concluye que él deberá finalizar la obra, al fin y al cabo, tantos años de estudio de italiano y de técnicas de sfumatto darían frutos. De este modo se terminó la Gioconda tal y como la conocemos hoy, a Héctor se debe su ambigüedad.
Mientras repasaba los hechos ocurridos en el último tiempo, un haz de luz violeta quiebra la paz de la habitación. La luz se expande y de ella aparece la figura de una persona, que luego de unos segundos termina siendo su hermano.
Él le explica la situación; al darse cuenta del estornudo de Amador comienza a configurar la máquina para hacer posible un viaje y un retorno, cuando estuvo lista partió sin espera a la época en la que se encontraba para evitar posibles desastres históricos. Héctor le cuenta que ya es demasiado tarde, Leonardo ha muerto.
Ambos regresan al siglo XXI, jurando no decir nada de lo ocurrido, aunque Héctor ya no puede evitar la completa melancolía que lo inunda cuando vuelve a ver la sonrisa de la Gioconda, la cual para muchos es todo un misterio, pero para Héctor no.



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